Mi mundo ideal
En mi mundo ideal, esta mañana los reunidos en la plaza de San Pedro habrían atendido, estupefactos, a la lectura en voz alta (especialmente estridente y carente de entonación, para darle aún mayor chicha a la cosa) de algún relato de Bukowski puesto en la boca de una angelical niña de siete años vestida de inquisidor. Imaginen ustedes el horror de la masa deforme de 30.000 creacionistas con carrera universitaria, nacionalistas al estilo hitleriano aún con dientes de leche y amargadas vírgenes de ochenta años, todos presos de un estatismo inquebrantable, con la mandíbula desencajada en un falso intento de emular la estampa münchiana más célebre. Imaginen ustedes sus crecientes ganas de morir allí mismo (por Cristo, por supuesto), mientras la inocente niña prosigue con su relato. Imagínense a los 30.000 cagándose al mismo tiempo. El estruendo de 30.000 esfínteres en inoportuno sosiego y el posterior hedor. La vergüenza, las náuseas, las ganas de llorar. Y los rezos por un mundo mejor para los niños blancos.


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