Doble ración de mierda y pus
¡Ah!, el viejo Hetfield y sus clásicos gestos. Qué recuerdos, qué alegría. Me he tomado esta bendita amigdalitis que me recluye el fin de semana en la solitud del hogar como algo personal, así que he aprovechado para contagiársela a alguien, pero ese es un tema que no viene a cuento. Desde mi caseto junto a la catedral anglicana en cuya puerta los ancianos decrépitos mean por las noches -para los irlandeses una cosa es Dios y otra los brits- me pregunto si estos modestos aspirantes de leprechaun alchólico tendrán en buena consideración a Chesterton -inglés sí, pero católico converso-. Y entre el aburrimiento (aunque por fin tengo internet) y la morriña no se me ocurre otra cosa que retomar mi pútrido blog con media tontería, que me apetecía rallar un rato. Habrase visto, oiga.
No estoy aprendiendo a cocinar bien pero sobrevivo. El dato gracioso de la semana es que tengo en proyecto -sí, ya iba siendo hora, pero la culpa no es mía sino de quien no me enseñó en su día- aprender a andar en bici. Un Erasmus muy salvaje, como pueden comprobar. Estoy conociendo a bastante gente de muchos sitios distintos. Pero ningún negro. Ningún amarillo (excepto un profesor...cuyo nombre de pila se el de un animal de granja y por ello pide que le llamemos Tony). Y eso que los hay. ¿Racismo? ¿Por qué no?
Me llama la atención que mi acento cause tanta sensación, como el hecho de que no me llame Juan ni Jesús Manuel ni Leandro. O que algún despistado intente llamarme por la traducción castellana de mi nombre, lo cual me toca los cojones sobremanera. En fin, voy a sobar


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